CULTURA MALAGANA


En los recientes cinco años hubo cuatro nuevos hallazgos de yacimientos arqueológicos sobre la cultura que habitó entre Palmira y El Cerrito hasta hace cerca de 1.500 años.

Si hubiese una máquina que permitiera retroceder 2.000 años en el tiempo, se podría viajar hacia el territorio que hoy comprenden los municipios de Palmira y El Cerrito, en el cual habitaba una cultura con rasgos particulares que dos milenios después fue conocida como Malagana. A los antiguos habitantes de este territorio el nombre les cayó en circunstancias accidentadas y penosas.

Hace doce años fue descubierto un cementerio indígena en la finca Malagana, en Palmira, que se convirtió en botín de guaqueros, profesionales o fortuitos, quienes saquearon ese sagrado recinto llevándose el abundante oro que había y sus piezas de cerámica para hacer comercio ilegal. Aún así, el infortunado suceso dejó al descubierto una especie de eslabón perdido y señaló un nuevo camino de investigación para arqueólogos e investigadores que se dieron a la tarea de explorar los vestigios dejados por la cultura hasta entonces desconocida.

Los investigadores constataron que se trataba de una cultura diferente de las hasta entonces estudiadas, que floreció entre el 500 antes de Cristo y 500 años de la Era Cristiana. De lo que se ha encontrado hasta el momento se deduce que el territorio Malagana se extendía entre el río Bolo por el sur y el río Cerrito al norte, el cual estaba distribuido en dos grandes anillos concéntricos de unas 200 hectáreas, cuyos perímetros estaban limitados por un gran jarillón que demostraba importantes conocimientos de ingeniería.

Los malagana vieron un paisaje diferente del actual, pues lo que hoy se ve como una zona plana y seca, era entonces un territorio casi lacustre cruzado por caudalosos ríos e integrado por montículos sobre los cuales los indígenas construyeron sus viviendas, y formaron un gran poblado. Los asentamientos tenían hasta veinte casas rodeadas de zanjas, con las cuales controlaban los niveles de agua circundantes.

Cazaban en los alrededores y pescaban en los ríos y lagunas próximos, pero básicamente vivieron del cultivo de maíz, fríjol y yuca, que sembraban en pequeños claros que abrían en el monte, pues eran muy respetuosos con su entorno natural. También recolectaban frutos como guanábana, piña y palma.

Los habitantes de esta comunidad que practicó elaboradas ceremonias religiosas y tuvo en el culto a la muerte una de sus principales expresiones culturales, tenían una estatura que variaba entre los 1,60 metros para las mujeres y los 1,65 para los hombres. Aunque han encontrado restos de posibles guerreros que medían hasta los 1,80 metros.

  • Exploradores del pasado

Los malagana eran diestros alfareros y notables orífices. El oro lo trabajaron martillado, repujado, en filigrana e incluso conocieron técnicas avanzadas de fundición como la cera perdida. En sus obras artísticas también usaron piedras como cuarzo y obsidiana que eran traídas de la cordillera Central.

Toda esta información está contenida el trabajo que desarrollan en el Instituto para la Investigaciones Científicas del Valle del Cauca, Inciva, los antropólogos Sonia Blanco y Alexánder Clavijo Sánchez. Sus investigaciones han permitido los descubrimientos de cuatro yacimientos arqueológicos en terrenos del estadio del Deportivo Cali, la Hacienda La Cristalina, el Centro Comercial Llano Grande Plaza Shoping y el sector de Coronado, en Palmira. Todos son cementerios y, aunque presentan similitudes, cada uno tiene también características particulares.

http://www.lablaa.org/blaavirtual/bolmuseo/1994/enjn36/enjn06a.htm

Luego de los descubrimientos en la hacienda Malagana, el primer yacimiento arqueológico de esta cultura fue encontrado en 1999 en el sector de Coronado, en Palmira, en donde fueron excavadas 164 tumbas: “En dos de ellas encontramos máscaras en cerámica que correspondían a individuos de un alto estatus social, pero la característica particular de este sitio radica en que las mujeres fueron tratadas mejor que los hombres en cuanto al ajuar que se les depositaba y aparecían en posición sedente, es decir semisentadas”, explicó Sonia Blanco.

  • Canibalismo ritual

En 2000, fueron halladas 37 tumbas en terrenos que ocupará el estadio del Deportivo Cali: “La comunidad aborigen construyó alrededor del cementerio zanjas de drenaje y jarillones como un mecanismo de control y evacuación de aguas, lo cual les permitió usarlo por cerca de 500 años”, añadió la investigadora.

Allí mismo fueron halladas las primeras evidencias de canibalismo ritual, por lo pronto en el suroccidente del país y está por verificarse si también en Colombia: “De tres tumbas, una de ellas perteneciente a una chamana que estaba enterrada boca abajo, su ajuar consistía en huesos de otro humano labrados y utilizados como instrumento. En los otros dos casos encontramos esqueletos dispersos a los cuales les hace falta algunas partes y los cráneos tienen evidencias de haber sido raspados para ser consumidos”, explicó la antropóloga.

En los hallazgos de la Hacienda La Cristalina, tal vez su mayor peculiaridad es que se trata del primer cementerio de infantes encontrado hasta el momento: “De las 44 tumbas excavadas, 38 pertenecen a niños en graves condiciones físicas y su muerte obedeció a problemas de desnutrición, caries y parásitos”, dijo Sonia Blanco.

Este cementerio fue usado durante 300 años: “Pienso que, pese a su preocupación por los rituales funerarios, a los niños no se les trataba muy bien en ese aspecto, pues se les dejó muy poco ajuar”, dice la antropóloga.

Otra característica de este cementerio es la de que los indígenas dejaron una especie de lápidas para identificar las tumbas: “Se trata de túmulos en piedra, lo cual indicaba que allí había un entierro y se debía respetar ese espacio”.

  • La historia se reescribe

Estos hallazgos obligaron a revaluar conceptos establecidos en las investigaciones de las culturas prehispánicas. Según explicó Alexander Clavijo, las exploraciones antropológicas en el Valle del Cauca comenzaron en 1936: “Llegaron legiones de investigadores quienes hicieron el descubrimiento de los primeros vestigios de la cultura denominada Bolo-Quebradaseca, una cultura tardía que existió entre 800 y 1550 d.C. En ese entonces se pensaba que en la zona plana del Valle del Cauca no hubo culturas en periodos tempranos, es decir, en épocas correspondientes al año 1 de nuestra era, porque se presumía que ese territorio era lacustre en su mayor parte y, por consiguiente, poco apto para asentamientos humanos”.

Pero en los años 80 el investigador bogotano Julio César Cubillos, quien encontró evidencias de que en esa zona pudo vivir una comunidad ya en épocas tempranas: “Cubillos consideraba que esa cultura debió vivir en los montículos que había en la zona plana del Valle del Cauca y nos obsequió un artefacto roto que a su parecer era atípico de la cultura Bolo-Quebradaseca. Estas hipótesis fueron corroboradas con el hallazgo en la Hacienda Malagana”, contó Clavijo.

Por el medio ambiente sobre el que vivieron, algunos investigadores comparan la cultura Malagana con la Atlántida. “Ellos consideran que era prácticamente una comunidad acuática, pues se movilizaban a través de los ríos y canalones que ellos mismos construían. Ellos supieron adaptarse a las condiciones de un territorio pantanoso” , explica Sonia Blanco.
A pesar de tratarse de una cultura regional, no estaba aislada, pues mantuvo contacto con otras comunidades: “Los malagana fueron al Océano Pacífico a conseguir caracoles marinos, sal y pizarra, que eran valiosos para ellos”, al ser indispensables para sus rituales: “Los caracoles marinos estaban depositados en determinadas tumbas, lo mismo que la pizarra”, añadió.

El culto a la muerte era una de las principales preocupaciones de esta comunidad: “En muchos restos se encontró que los cuerpos tenían un cuarzo puesto en la boca, que rememora lo que hacían los romanos, cuando les ponían a sus muertos una moneda para que pagaron su paso al más allá. En Malagana al parecer también tenían ese concepto de la muerte como el de un viaje en el que se pasa a otro mundo”, dijo Sonia Blanco.

Otro aspecto que resalta el respeto por la muerte es las tumbas mismas: “Ellos construían las tumbas con antelación a la muerte de las personas, pues de otra manera no se explica su complejo trabajo de ingeniería, que hoy es irrepetible, pues incluso los ingenieros actuales no se explican cómo pudieron hacerlas”.

  • Expertos alfareros

Entre los malagana había división del trabajo. Un poder central redistribuía los excedentes de guerra y había personas destinadas a actividades como la orfebrería y la alfarería: “En las familias había delimitación de funciones. Mientras los hombres estaban destinados a la cacería y la guerra, la cerámica y la cestería eran asunto de las mujeres. Incluso los niños cumplían algunas funciones. porque en las tumbas hay ajuares con pequeños objetos que parecen haber sido elaborados por menores”.

La alfarería malagana revela el estilo de vida de dicha comunidad. De acuerdo con las evidencias encontradas por los investigadores, los indígenas preferían elaborar figuras zoomorfas.
Estas manifestaciones están presentes en elementos como las alcarrazas, vasijas con dos boquillas, destinadas a usos rituales: “Es posible que fueran utilizadas para insuflar o para beber sustancias alucinógenas que producían en las personas efectos mágicos”, señala Clavijo.

Los colores característicos en la cerámica malagana son el rojo y el crema: “Las mujeres eran representadas sentadas y los hombres de pie, lo cual habla de los roles que desempeñaban ambos sexos. Mientras las mujeres se quedaban en sus hogares, los hombres se iban de caza”, agrega el investigador.

Con los hallazgos hechos hasta el momento, la Cultura Malagana deja grandes interrogantes a los investigadores: “Debido a las condiciones actuales del Valle del Cauca, cuyo territorio ha sido alterado en especial por la agroindustria, no se ha podido encontrar sitios de habitación de esta cultura. Además, debido a la remoción de la tierra los yacimientos arqueológicos aparecen mezclados con las de otras culturas tardías, como la Bolo-Quebradaseca, lo cual dificulta el análisis”, dijo Sonia Blanco.
Ante estas dificultades, aspectos como el origen y del destino final de esta civilización siguen en el misterio y sobre este aspecto hay contradicciones: “Hay quienes piensan que fueron una derivación de la cultura Ilama Yotoco sobre todo por la orfebrería. Sin embargo, considero que se trató de un desarrollo regional paralelo, pues obviamente debieron tener conexiones comerciales, como también las tuvieron con otras culturas”, expresa Sonia Blanco.

Tampoco hay claridad sobre el origen. En opinión de Sonia Blanco probablemente los malagana llegaron a través del Valle del Magdalena: “Es posible que sean de origen muisca y para eso se está haciendo análisis genético, pues sus cráneos no se parecen a los indígenas que llegaron por el sur”.

Por su parte, Clavijo piensa que vinieron desde Centroamérica a través de la Costa Pacífica: “Infortunadamente es muy difícil encontrar las pruebas de este trayecto migratorio, pues el ambiente marino no permite la conservación de vestigios”.

Aún así, otro paradigma que rompe los hallazgos en Malagana es la certeza que se tenía de que el origen de los antiguos vallecaucanos provenía de las culturas del sur del continente: “Lo que parece desprenderse es que en el interior del país hubo una serie de oleadas migratorias, pero que aún desconocemos cómo se dieron en detalle”, agregó Sonia Blanco.

La vida de estos lejanos antepasados sigue asombrando a los investigadores: “Uno se pregunta cómo esa gente pudo acondicionar un terreno anegado, como era la zona plana del Valle del Cauca en ese entonces y lograron darle un manejo al ecosistema”.

Otro interrogante se desprende del hecho de que los malagana se desplazaron hasta la Cordillera Central para traer tierra para construir los jarillones, en canastos y vasijas: “Cuánta gente necesitaron para hacer eso y cuánto tiempo les tomó. La otra pregunta es por qué sucumbieron, pues no tuvieron contacto con las culturas que posteriormente se asentaron en ese lugar”, se pregunta la investigadora.
La búsqueda sobre las huellas de Malagana prosigue: “Ahora estamos desarrollando un proyecto sobre la Cordillera Central para ver qué papel jugó ese ecosistema en el desarrollo de esta comunidad. Es posible que en esa zona haya existido otra cultura en la misma época”.

El brillo de la cultura Malagana sigue parpadeando entre las luces y sombras y sólo el tiempo y nuevos hallazgos podrán dejar en claro todo el esplendor de estos ilustres antepasados del Valle del Cauca. Pero es una carrera contra el tiempo, los saqueadores, los intereses económicos y contra la falta de conciencia histórica.

 

Ricardo Moncada Esquivel, redactor de GACETA. Fotografía: Áymer Álvarez e Inciva