El
racionalismo tuvo sus orígenes en los filósofos griegos,
desde el inicio de las cosmologías de los jónicos, el
mundo matemático de los pitagóricos, pasando por Parménides
para quien la realidad solo es accesible a la razón pura, hasta
encontrar en Platón, el más influyente de los racionalistas
de todas las épocas, la máxima expresión del dominio
de las ideas sobre el aporte de los sentidos. En ese ambiente intelectual
surgieron los sofistas, críticos de las pretensiones de la filosofía
especulativa, armados de un profundo escepticismo de la capacidad de
la mente pura, desafiaron el mito aceptado de que el mundo es cognoscible
por la razón. Sócrates redujo las ínfulas de sus
contemporáneos proclamando la ignorancia fundamental, al proclamar
“solo sé que nada sé”. Entre sus sucesores,
los estoicos proponían que la mente humana no posee ningún
conocimiento al nacer y es a través de los sentidos que la mente
logra hacerse una imagen del mundo material, aunque admiten que existen
“nociones comunes” de origen no empírico. Los epicúreos
por su parte, fueron más allá al sostener que todo conocimiento
es empírico, es decir, nacido de la experiencia sensorial, al
igual que todas las ideas de las que se compone, ya que todo concepto
humano es solo una imagen en la memoria, residuo de las experiencias
sensoriales previas.
Aunque los filósofos escolásticos admitían algún
grado de empirismo, fue Roger Bacon en el siglo XIII quien defendió
un conocimiento empírico del mundo natural, y el franciscano
nominalista Guillermo de Occam, quien afirmaba que todo conocimiento
de la naturaleza proviene de los sentidos, y aunque existe “conocimiento
abstracto” de verdades necesarias, es hipotético y no implica
que éstas existan.
En el Renacimiento, Pierre Gassendi (1592 – 1655) trató
de revivir la doctrina empírica de Epicuro. Pero el principal
defensor del empirismo fue Francis Bacon (1561 – 1626), contemporáneo
de Galileo y Descartes, quien afirmó que el único conocimiento
válido, digno de adquirirse es el conocimiento empírico
del mundo natural, que se obtiene en forma casi mecánica por
medio del ordenamiento sistemático de las observaciones, aunque
no negó que existiera conocimiento previo. Así, Bacon
es el primero en formular los principios de la inducción científica.
Su empecinado argumento a favor de la experiencia como única
fuente válida de conocimiento y su contagioso entusiasmo por
el progreso de la ciencia natural, lo colocan como abanderado del empirismo.
Bacon, vinculado a la vida política,
se convierte en un admirador de la ciencia ya que considera que conocimiento
es poder y la capacidad de actuar es proporcional al conocimiento que
se posee. Bacon se propone restaurar todo el conocimiento humano desde
sus raíces, y su obra principal es “Instauratio magna scientiarum”
(Gran restauración de la ciencias) donde pretende cubrir todo
conocimiento teórico y práctico. Terminó solo las
dos primeras partes, “De degnitate et augmentis scientiarum”
(Sobre el dominio y aumento de la ciencia) y “Novum organum scientiarum”
(Nuevo órgano de la ciencia); solo dejó algunas notas
sobre el resto de tan monumental trabajo.
La lógica aristotélica del conocimiento, explicada en
el “Organum”, no es apropiado para obtener conocimiento
ya que en el silogismo deductivo, la conclusión está contenida
en las premisas, que ya se conocen. Para nuevos conocimientos se requiere
un “novum organum” en el que los resultados no son fortuitos
como en el pasado sino un producto sistemático del método.
El método inductivo que plantea en el Novum Organum consta de
dos partes, la primera, ("pars destruens"), proceso destructivo,
requiere liberar la mente de todos los prejuicios y errores que Bacon
llama ídolos. La segunda parte, ("pars construens"),
constructiva, permite conocer los fenómenos naturales al establecer
las leyes que los rigen.
En cuanto a los ídolos, Bacon los divide en cuatro grupos: El
primero, los ídolos de la tribu, constan de las formas de pensar
sobre las cosas y sus relaciones que no existen objetivamente sino son
simplemente concebidas por el hombre. El segundo, los ídolos
de la cueva, consisten de las imágenes subjetivas que el individuo
tiene sobre las cosas, imágenes que difieren de las cosas mismas.
El tercero, los ídolos del foro, o ídolos del mercado,
provienen de las relaciones sociales y sobretodo del uso común
del lenguaje. El cuarto, ídolos del teatro, son errores que resultan
de sistemas filosóficos falsos, que como fábulas de teatro,
son simples fantasías.
Una vez la mente se libera de los errores, puede iniciar la fase constructiva,
la interpretación de los fenómenos naturales y llegar
a las leyes que los regulan. Consta de tres tipos de tablas: La primera,
la tabla de las presencias, ("tabula praesentiae") donde se
listan todos los casos en que el fenómeno aparece. La segunda,
la tabla de las ausencias, ("tabula absentiae") donde se listan
todos los casos en los que el fenómeno no aparece. La tercera,
la tabla de grados, ("tabula graduum"), donde se lista el
aumento o disminución del fenómeno en uno o varios objetos;
esta tabla conduce al conocimiento de la ley de movimiento del fenómeno
y debe llevarnos a la causa formal, o ley del fenómeno mismo.
Estos principios, positivos y negativos, los propone Bacon como básicos
de la ciencia moderna y deben conducir a los descubrimientos y de ahí
al dominio de la naturaleza.
Así, Bacon describe el método inductivo como mecanismo
para llegar al conocimiento de los fenómenos naturales.
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