Los científicos del siglo XVII
y XVIII intentaron resolver el interrogante de porqué ciertos
cuerpos son capaces de arder. La solución de este problema dio
origen a una teoría ingeniosa, y que parecía ser verdadera,
en la que se describía una sustancia hipotética que estaba
presente en todos los cuerpos combustibles. Dicha teoría, llamada
la teoría del “flogisto”, resultó ser efectiva
para explicar diversos fenómenos y tuvo un impacto muy grande
sobre las investigaciones experimentales de la química de esa
época, lo cual se ve reflejado por el gran número de seguidores
que tuvo. Sin embargo, la teoría del flogisto resultó
estar equivocada y fue rebatida por el célebre químico
francés Antoine Lavoisier, personaje que dio el impulso definitivo
de la química como ciencia moderna y quien propuso la verdadera
respuesta al problema de la combustión.
Primeros Trabajos sobre la Combustión
Desde
la antigüedad se conocían los efectos que provocaba el fuego
a las sustancias, pero lo que resultaba desconocido era porqué
algunos cuerpos ardían. El ataque serio a esta interrogante se
dio en el siglo XVII, cuando se produjo la primera teoría para
explicar este fenómeno. Uno de los primeros que se enfrentó
a este problema fue el ya mencionado Johann Baptista van Helmont quien,
al observar los resultados de sus experimentos con velas encendidas,
concluyó que el aire era “receptáculo de exhalaciones”.
Según van Helmont, de la llama sale un humo que invade los espacios
vacíos que tiene el aire, pero cuando el aire está saturado
por exhalaciones, por ejemplo las que producen los minerales en una
mina, éste ya no puede recibir el humo que sale de la llama y
por tanto ella desaparece.
Los estudios sobre combustión
continuaron, pero esta vez en Inglaterra con los llamados “Químicos
de Oxford” Boyle, Hook y Mayow. El primero de ellos intentó
explicar el aumento en peso de los metales cuando se calcinan. Desde
hace mucho se conocía que cuando los metales eran calentados
en crisoles al aire libre quedaba un residuo, al que se le llamaba calx,
y que resultaba ser más pesado que el metal antes de ser calentado.
Boyle, tratando de explicar este hecho, aseveró en su Sceptical
Chymist que el fuego estaba compuesto por partículas ígneas
muy pequeñas que podían atravesar el vidrio y se adherían
a los residuos del metal provocando así el aumento de peso. Pero
esta idea fue objetada por Chérubin d’Oléans en
1.679 y luego refutada por Boerhaave.
Los trabajos de Boyle sobre este tema,
le hicieron dar alguna idea del papel que el aire desempeñaba
en la combustión. Sin embargo, la primera teoría racional
sobre la combustión la dio Robert Hooke (1.635-1.703), que era
el asistente de Boyle. Su teoría apareció en su obra Micrographia
de 1.665 y consistía de doce proposiciones, entre ellas que “el
aire es el disolvente universal de todos los cuerpos sulfurosos”
y que “esta acción de disolución produce una gran
cantidad de calor al cual llamamos fuego”(52). De esta manera,
para Hooke la combustión es una disolución en la que el
aire, debido a la presencia en él de algo, disuelve los cuerpos
combustibles y el calor involucrado es calor de solución, similar
a lo que ocurre cuando algunas sustancias, como el ácido sulfúrico,
se disuelven en agua.
Los ingeniosos experimentos del último
de los “Químicos de Oxford”, John Mayow (1641 –
1679), le permitieron avanzar más que Hooke. Mayow concluyó
que el aire contiene dos clases de partículas, una de las cuales
se llaman partículas igneo-aéreas, que son tomadas del
aire durante la combustión o la respiración, y la otra
clase de partículas que son las que quedan después de
estos procesos. El calor involucrado en la combustión era debido
a la colisión violenta entre las “partículas sulfurosas”,
las que, según Mayow, están contenidas en todo cuerpo
combustible, y las partículas igneo-aéreas. Mayow también
reconoció que la combustión y la respiración son
procesos similares en esencia.
La Teoría del Flogisto
El creador de la teoría del flogisto
fue Georg Ernst Stahl (1660 – 1734) quien se basó en las
consideraciones de Johann Joachim Becher (1635 – 1682) sobre los
constituyentes de los cuerpos: el aire, el agua y tres tierras, una
de las cuales era inflamable (terra pinguis), otra mercúrica
y la tercera fusible o vítrea. Como puede observarse estas tres
tierras corresponden a los tres principios de los alquimistas, el azufre,
el mercurio y la sal. Stahl en un libro publicado en 1723, Fundamenta
Chymiae, populariza las ideas de Becher y a la terra pinguis la llama
flogiston, “materia y principio de fuego que no es fuego en sí
mismo”. Para Stahl esta sustancia está contenida en todos
los cuerpos combustibles, y también en los metales, de los cuales
escapa con un movimiento rápido. Además, la sustancia
original puede ser de nuevo restituida aplicando flogisto de cualquier
material que lo contiene. Con el tiempo la teoría del flogisto
fue modificada para tratar de explicar diversas observaciones. Por ejemplo,
Cavendish en 1766 sugirió que el “aire inflamable”
era el flogisto y Gutton de Morveau en 1772 consideró que el
flogisto era más ligero que el aire por lo que reducía
el peso de los cuerpos en dicho medio; hasta incluso se le llegó
a asignar peso negativo al flogisto. Sin embargo, a pesar de los intentos
por mantener viva la teoría del flogisto que cada vez mostraba
estar más equivocada, la teoría del oxígeno como
causante de la combustión fue la que finalmente se impuso gracias
a Lavoisier.
Antoine Laurent Lavoisier: Padre de
la Química
A
pesar de que Lavoisier (1743 – 1794) no descubrió nuevas
sustancias ni mejoró los métodos de preparación,
su gran mérito consistió en su capacidad de tomar el trabajo
experimental llevado a cabo por otros y colocarlo en un procedimiento
riguroso, además de reforzarlo con sus propias explicaciones
de los resultados que encontraba en el laboratorio. De esta manera completó
los trabajos de Black, Priestley y Cavendish y proporcionó una
explicación correcta de los experimentos que ellos habían
realizado. Su trabajo se caracterizó por el constante uso de
la balanza, aunque él no fue el primero en aplicar los métodos
cuantitativos en la química pues como se ha mencionado van Helmont,
Boyle y Black ya lo hacían. Lo que sí hizo fue establecer
explícitamente la ley de la indestructibilidad de la materia,
la cual era usada por diversos químicos en algunos experimentos
pero de manera implícita. Hay que resaltar que un químico
ruso, Mikhail Vasil’evich Lomosov (1711 – 1765), ya había
establecido dicha ley pero sus trabajos eran desconocidos en occidente.
Sus múltiples experimentos lo
llevaron a la conclusión que el responsable de la combustión
era el oxígeno y en una memoria publicada en 1780 llamada “sobre
la combustión” Lavoisier presentó su nueva teoría
de la combustión. En ella establece que un cuerpo sólo
puede arder en presencia de oxígeno y que el aire se “destruye
o se descompone” durante este fenómeno. El incremento en
peso del cuerpo que arde es exactamente igual a la cantidad de aire
“destruido o descompuesto”. La diferencia con la teoría
del flogisto se hace evidente pues según ella el flogisto está
en el cuerpo que arde mientras que Lavoisier propone que la sustancia
que permite la combustión está en el aire.
Lavoisier también dio una definición
de “elemento o principio” químico que en esencia
es la misma de Boyle. Sin embargo, debido al avance experimental que
se había dado desde la primera definición del científico
irlandés, Lavoisier pudo construir una tabla de elementos en
la que colocó algunas sustancias conocidas desde la antigüedad
como los metales y el azufre. Por supuesto, la lista de los elementos
también incluía compuestos que se habían resistido
a los medios de separación en sus componentes y también
el calórico, “principio de calor”, y el lumínico
que en esa época se consideraban elementos.
Los puntos de vista de Lavoisier fueron
pronto aceptados por otros científicos y con ayuda de Berthollet,
Guyton de Morveau y Fourcroy publicó en 1787 un libro llamado
Méthode de Nomenclature Chimique en la que los nombres de las
sustancias químicas se cambiaron para colocarlos de acuerdo con
su nueva teoría. A partir de este trabajo Lavoisier publicó
en 1.789 su obra Traité Élementaire de Chimie la cual
se extendió rápidamente y fue traducida a los idiomas
más importantes de la época. En el prefacio de dicha obra
Lavoisier expuso sus ideas sobre la noción de elemento y su relación
con la teoría atómica:
“...si, por el término
elemento nos referimos a aquellos átomos simples e indivisibles
de los cuales se compone la materia, es muy probable que no sepamos
nada acerca de ellos; pero si aplicamos el término elemento...
para expresar la idea del último término que el análisis
(químico) puede alcanzar, debemos admitir como elementos todas
las sustancias en las cuales, por cualquier medio, podemos descomponer
los cuerpos. Nada nos autoriza a afirmar que estas sustancias han de
considerarse tan simples que no puedan estar compuestas de dos, o aún
mayor número de principios; pero dado que estos principios no
pueden ser separados (unos de otros), o hasta ahora no hemos descubierto
el medio de separarlos, se comportan para nosotros como sustancias simples,
y nunca deberíamos suponerlas compuestas hasta que el experimento
y la observación nos lo haya demostrado”.
Cinco años más tarde de
la aparición de su Traité, las actividades de Lavoiser
fueron interrumpidas abruptamente pues el 8 de mayo de 1794 y la edad
de cincuenta y cinco años fue guillotinado, durante la época
del terror de la Revolución Francesa.

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